martes, 25 de octubre de 2011

"Un viaje a Valencia. Yves de la Roca, poeta francés" Para mi amigo Antonio Aguilar.

Yves de la Roca nunca existió. Antonio Aguilar ganó el premio de poesía Antonio Oliver, que se convoca cada año en Cartagena, con su libro “El otoño encarnado de Yves de la Roca”
El jurado creyó que el autor, Antonio, era Yves de la Roca, un poeta francés de edad avanzada que escribía ese libro con la memoria agujereada de los que están de vuelta; una memoria aterciopelada, marina, a veces canalla, a veces no, como escrita a destiempo, junto al mar, lejos.
Cuando se presentó él a recoger el premio, fue curiosa la extrañeza del jurado, como curiosa era la edad de Antonio, joven, veinteañero, usurpador de sueños y de vidas, autor, amigo, tan cercano y tan alto.
Fue por eso que inventamos esa vida. Él en sus poemas primero; y después los amigos. Cuando presentamos el libro, en la Puerta Falsa, era como si Yves fuese real.
Yo hablé del viejo poeta sentado junto a Antonio. Escribí lo siguiente:
Conocí a Yves de la Roca en Valencia, en 1995, en casa de una amiga, Marga, que acababa de cumplir los sesenta y cuyo cumpleaños nos unió casualmente a un grupo de amigos, Antonio, Luis y yo, que pasábamos unos días en esa ciudad.
Yo conocía la existencia del poeta, por el que sentimos desde el primer momento una extraña curiosidad. Como he dicho, Margarita acababa de cumplir sesenta años. Su mirada estaba casi dañada por el paso de esos años (alguien, en su adolescencia, había dibujado en sus ojos el azul del mar; un pintor de provincias que pasó por su vida y la dejó distinta, trastornada para siempre)
Así la conoció Yves de la Roca algunos años después y en el París de los años cincuenta, a finales tal vez, mientras ella terminaba sus estudios en la Universidad de la Sorbona. Ella siempre nos habló de él como desde la lejanía, como si él hubiese existido hace ya muchos años; pero, he aquí lo sorprendente, aún vivía y, sí, tendríamos la oportunidad de poder conocerlo. Al día siguiente llegaría desde el sur de Francia.
Cuando amaneció, o antes, los tres estábamos con Margarita en el centro. Nos invitó a café y a la ciudad, de donde se enorgullecía de ser. Hicimos unas compras y ya al medio día comimos en su casa, después de andar durante toda la mañana.
Y aún tuvimos tiempo de ver una exposición de su amigo Raimundo, y de tomarnos unas cervezas.
Fue al atardecer cuando compartimos la dicha de conocer al viejo poeta francés (aparentaba menos años de los que, sin duda, tenía) y a ella le gustaba llamarlo así, viejo poeta, por alguna razón que no sabemos, aunque la palabra “viejo” en sus labios y dirigido a él significa al mismo tiempo “joven”; un joven que ha vivido mucho tal vez, un joven lleno de encanto, que aún le regalaba poemas desde la lejanía, le acariciaba en cada encuentro sus pechos casi rotos y levísimos.
Yves tenía los ojos muy verdes y una mirada lejana, pero cálida a la vez, como la templanza del mar a esas horas últimas del atardecer.
Nos leyó poemas, bebimos, nos regaló a cada uno de nosotros una pequeña figura de barro que él mismo había hecho (eran cuerpos que ardían, torsos bellísimos que se resquebrajaban convirtiéndose en ceniza)
Antonio quiso saber más de él y quedaron para cenar. Quedamos todos después, sobre las doce, en una plaza llena de pequeños restaurantes y viejos cafés, y jugamos al billar, bebimos, caminamos por la ciudad, sin rumbo.
Yves se perdió ya con el alba y con Marga, dejándonos su dirección de Francia, y dejándonos un montón de poemas, un cuerpo de barro que ardía, la letra de una canción que hablaba de nosotros, musicada por él; y una sensación de vacío, de soledad, algo muy parecido a la tristeza.
Pero Yves De la Roca era Antonio Aguilar, y nos arrastró a todos en aquella inocente mentira literaria, como hizo Fernando Pessoa. Se desdobló ocultándose bajo otro nombre, se disfrazó, nos disfrazó a todos. Nos divertimos, reímos, e incluso lloramos con aquellos versos, la nostalgia, la tristeza de aquel poeta ya mayor que había vivido.
Han pasado los años, y Antonio Aguilar no es ya tan joven, ni nosotros. La dignidad de los años nos ha cambiado, no se si para bien, somos distintos; y hay versos de aquel libro que van haciéndose verdad en nuestras vidas.

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